¡Lo que faltaba!

Dando una vuelta por Internet, hojeando los periódicos digitales que navegan sin rumbo fijo por la red (por cierto, ¿los diarios digitales se hojean? ¿o se pantallean? Perdón por la reflexión. Es que no me he tomado la medicación todavía) una noticia captó mi atención, no sin previa incredulidad: “No puede ser lo que estoy leyendo”. Pero parecía ser que sí. Que la cosa iba en serio: un personaje llamado Randall Dale Chipkar, inventor de vayaustéasaber qué artilugios, y no contento con ser un friki en toda regla, ha publicado un libro con el sugerente título: “¿Cáncer en las motocicletas? ¿Nos están matando las motos con cánceres de próstata, colon, huesos, etc?” Reconozcámoslo. De entrada la noticia da risa, aunque después… Claro. A la que a un hipocondríaco como yo le das más datos de los que necesita, ya empieza a notar los síntomas de todas las enfermedades habidas y por haber. Y sólo me faltaba eso: “Dios mío… ¿Por qué me has abandonado? Un motero convicto y confeso como yo, sin saber que llevaba una central nuclear debajo de mis posaderas, ¿pero cuánto tiempo debo llevar bajo la influencia de eso debajo de mi culo?” Total, que al momento ya estaba desnudo, delante del espejo, intentando hacer contorsiones y malabarismos imposibles sobre mi propio cuerpo, para ver lo que mi moto, ese maldito engendro del diablo, había causado en mí tras treintitantos años de sentarme encima. Y de esta guisa estaba cuando entró mi mujer, me vio, se me quedó mirando, y se fue sin decir nada. Lleva tres días sin hablarme… No sé qué debía pensar.

En fin, que aparte de la luxación de caderas, consecuencia de los frenéticos movimientos en busca de marcas delatoras, unos granitos en la espalda, una peca en… (bueno, no hace falta entrar en detalles), una marca roja de una quemadura en la pierna de cuando la mili, y un tajo en la rodilla por una caída en moto… no encontré nada. Pero mi curiosidad malsana no se quedó ahí. Inmediatamente puse en marcha mis capacidades de investigación, rollo Nick Nolte en Lorenzo’s oil, y busqué allí donde sólo los profesionales encuentran lo que buscan: Internet. Teclee en el Google el nombre del personaje, le di al “voy a tener suerte” y ahí estaba: El título del libro, su autor y un comentario acerca de él. Parece ser que a este energúmeno, un canadiense con más pájaros en la cabeza que la peli de Hitchcock, le han dado en el Reino Unido una autorización de patente de un asiento de moto con un revestimiento especial para que las radiaciones provenientes del motor no lleguen al cuerpo humano. No hay ninguna base científica, por lo que parece. En definitiva, que este tío lo que hace es poner el miedo en el cuerpo de los sufridos motoristas a través de un libro de dudosa calidad para que acaben comprando un sillín, curiosamente también creado por él, y redondear así un negocio como la copa de un pino. A todos los efectos es como si a un visionario de esos le diera por decir un día: “Oye, que me he dao cuenta que los motoristas en invierno se resfrían más. Que digo yo que habrá que vacunarlos. Ah, por cierto, que se me olvidaba: que he inventao una vacuna para los resfriados de los motoristas. Que guapo, ¿eh?. Bueeeeeno…. ¿Esto dónde se cobra?” Bueno… Ya estoy más tranquilo. Aunque, por si acaso, he puesto en la base del sillín de la moto una placa de plomo de una antigua tubería que había en casa. Vale. La moto no corre tanto. Pero nunca se sabe. Que a ver si este Randall va a ser como un Julio Verne, de quien nadie se creyó nunca lo del viaje a la luna, y después resulta que tenía razón. Y entre lo de las contorsiones delante de un espejo y lo del asiento en la moto, mi familia me mira raro… ¿Tendré mal aspecto?

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