UN ELOGIO
Cuando era mi jefe en Antena 3 de Radio, el gran Antonio Herrero me enseñó que los periodistas tenemos que ser apolíticos para poder juzgar con frialdad a los gestores de la cosa pública. De hecho, y aunque todo el mundo lo vinculara a un partido, él ni siquiera votaba, pues desconfiaba de los políticos de manera casi nihilista, y yo tampoco lo hago ahora. Dicho esto, tengo que felicitar al alcalde de Madrid, Alberto Ruiz Gallardón. Después de tenernos cabreados durante varios años, sus obras han demostrado que servían para algo más que para que la posteridad lo coronase gran faraón de todas las zanjas: para permitirnos atravesar la ciudad de punta a punta en cuestión de minutos y así ahorrar cada día un pequeño pedazo de nuestras vidas. Yo vivo en el noreste de la gran ciudad y trabajo en el sureste, pero en el extrarradio. Tardo más de una hora y media en ir en transporte público (luego nos piden que lo utilicemos); aproximadamente una hora y veinte minutos en coche, aunque luego tengo que encontrar aparcamiento; en moto, veintidós minutos exactos. Creo que sobran las palabras. En la vuelta, sin tráfico, mi scooter y yo invertimos dieciocho minutos. Espectacular.
UNA DIATRIBA
Como ciudadano, estoy contento con este alcalde al que no he elegido (y os digo que no he votado a ninguno). Como motorista, estoy hasta el gorro de él, porque o es sordo o no quiere enterarse de cuál es la mejor, casi la última, solución para Madrid: librarnos de los coches. En la gran urbe no tenemos muchos guardarraíles, pero las otras trampas siguen ahí. Me refiero a las junturas del asfalto que te pueden tirar; a los agujeros del pavimento que te rompen las llantas y también pueden hacer que termines debajo de un coche; a los millones de metros cúbicos de pintura en los que he visto resbalar, e incluso caer, a algún peatón; y a los bolardos canallas que delimitan el carril bus, que son de plástico pero decididamente asesinos. Pero, sobre todo, estoy harto de las zanjas tapadas por planchas metálicas cubiertas a su vez de arenilla. Y también de esos anormales con camiones cisterna que circulan por ahí mojando la calzada para limpiarla. Repito: por increíble que parezca, ¡limpian las calles encharcándolas!, con grave riesgo de nuestras vidas. Seguro que alguno de vosotros se ha caído en los charcos.
UNA NUEVA TRAMPA
Pero hay más, hay alguna novedad. Uno de los túneles recién estrenados, el que arranca de la carretera de Extremadura y circula en dirección este, tiene una gotera en una curva a izquierdas de 360 grados que encontraréis si seguís la dirección de la carretera de Barcelona. La gotera ha creado un pequeño reguero que cruza la pista de lado a lado. Si no lo sabes y vas ligero, te caes. Si te caes, te pegas contra el bordillo y te comes el muro, porque estás en un túnel. Si te comes el muro, señor alcalde, te puedes matar. La gotera, señor alcalde, lleva ahí varios meses: desde que inauguraron el túnel. Ya sé, señor alcalde, que para los coches no es un peligro. Y que si vas más despacio tienes menos probabilidades de caerte. Pero no creo que el castigo por ir algo más deprisa (sólo algo) deba ser la pena de muerte.
UNA PROTESTA
La manifestación de hace unos meses en Madrid, en la que estuve, demuestra posiblemente que hay mucha gente concienciada con nuestra causa. Pero, ya en un ambiente menos festivo, habría que saber cuántos de esos motoristas estaríamos dispuestos a votar a un partido político que se mojara en defensa de la moto… por escrito y en su programa. Creo que a ese tren deberíamos subirnos todos. Como hacen todas las minorías para no ser devoradas.