¡Lo que faltaba!

Dando una vuelta por Internet, hojeando los periódicos digitales que navegan sin rumbo fijo por la red (por cierto, ¿los diarios digitales se hojean? ¿o se pantallean? Perdón por la reflexión. Es que no me he tomado la medicación todavía) una noticia captó mi atención, no sin previa incredulidad: “No puede ser lo que estoy leyendo”. Pero parecía ser que sí. Que la cosa iba en serio: un personaje llamado Randall Dale Chipkar, inventor de vayaustéasaber qué artilugios, y no contento con ser un friki en toda regla, ha publicado un libro con el sugerente título: “¿Cáncer en las motocicletas? ¿Nos están matando las motos con cánceres de próstata, colon, huesos, etc?” Reconozcámoslo. De entrada la noticia da risa, aunque después… Claro. A la que a un hipocondríaco como yo le das más datos de los que necesita, ya empieza a notar los síntomas de todas las enfermedades habidas y por haber. [leer Mas]

¿Nos creemos eso de la seguridad vial?

Hace meses que vengo escuchando en la radio anuncios de sistemas legales que avistan de la situación de radares. Son anuncios de esos tipo pesado que te explican “lo maravilloso que es el sistema”, que “está diseñado poco más o menos que por la NASA” y que, por ser tú y por llamar pronto, te regalan un segundo aparato y una enciclopedia si hace falta. Hasta aquí nada nuevo, lo hacen igual con las dietas de adelgazamiento milagrosas y cualquier cosa que se les ocurra con la que puedan hacer caja. Lo lamentable de este tipo de anuncios y productos, que han heredado las antiguas tácticas de los charlatanes ambulantes, es que muchas veces lo que venden es un timo o incluso puede ser peligroso, como las dietas de adelgazamiento; que además abusan de la confianza que dan al ciudadano programas de radio y locutores de máximo prestigio, y lo peor de todo, que dichos locutores permiten que se use su merecida y buena imagen para que estos charlatanes hagan su agosto. Hasta ahora se cebaban con las mujeres a las que desde pequeñitas se les ha lavado el cerebro para convencerlas de que tener un poquito de celulitis o 100 gramos de más es imperdonable. Ahora, como no es políticamente correcto eso de promover la anorexia, estas empresas han extendido sus tentáculos a otros ámbitos de moda y, por desgracia, ahora lo que está de moda es la seguridad vial. Nos venden los avisadores de radares como elementos de seguridad vial, y ciertamente lo son, pues si el conductor del vehículo es avisado de la localización de un radar, instintivamente bajará la velocidad y extremará la precaución, con lo que si el radar ha sido instalado en un lugar peligroso, que es lo que debería hacerse, se conseguirá minimizar el riesgo y se estará contribuyendo a mejorar la seguridad vial. Otra cosa es la realidad de donde se colocan los radares, pero eso es otro tema sobre el que podríamos escribir largo y tendido.

¿De qué me quejo entonces? Pues de que últimamente estos localizadores de radares se venden con un accesorio que también te localiza los puntos más habituales donde se realizan los controles de alcoholemia, y esto, también lo venden como un elemento de ¡seguridad vial! ¿Me puede alguien explicar cómo contribuye a mejorar la seguridad vial un aparato que le dice a un conductor borracho donde tiene riesgo de que le hagan un control de alcoholemia? Vamos a ver, en mis cortas luces, entiendo que saber donde hay con control de alcoholemia para lo único que sirve es para que el conductor borracho busque una ruta alternativa para no ser detectado lo que, lejos de mejorar la seguridad vial, lo que hace es empeorarla, permitiendo que un peligro en potencia para todos los ciudadanos, como es un conductor ciego de cubatas, siga circulando en vez de ser neutralizado. Y dicho esto, me pregunto cómo es posible que existan seres humanos con una mente capaz de hacer un aparatito así; cómo es posible que haya un empresario capaz de lucrarse a costa de lo que sea, sin importarle la vida de los ciudadanos; ¿seguiría haciendo estos aparatitos si mañana su hija es atropellada por un conductor borracho? ¿Y si ese conductor llevara en su coche un aparatito de estos que él mismo vende y, qué casualidad, justo acababa de evitar un control gracias al genial artilugio? La verdad es que espero que no le pase, por la sencilla razón que espero que no le pase a nadie. Porque tampoco puedo entender que las cadenas de radio que tanto se enorgullecen de tener un nivel de calidad y seriedad a años luz de las televisiones, puedan emitir anuncios de este tipo de sinvergüenzas, ni puedo comprender que la Administración, esa a la que “tanto” preocupa nuestra seguridad, permita que este tipo de aparatos se venda, y encima con el atributo que el fabricante se ocupa bien de remarcar, de ser “totalmente legales”. O nos empezamos todos a tomar en serio esto de la seguridad vial, o mejor lo dejamos, que cada uno vaya a su bola y sálvese quien pueda.

Sebrecarga

Sobrecarga es lo que tenemos los ciudadanos.Sobrecarga es lo que se siente al ver que, cuando las cifras de muertos en carretera no le son propicias, el Sr. ministro de Interior nos echa la culpa a los motoristas, prometiendo más sanciones y leyes más restrictivas. Sobrecarga produce que el ministro de Hacienda nos trate de estúpidos, nos diga que no sabemos lo que vale un Euro, y que dejamos 1 euro de propina por cada café… Será él, que lo hace con nuestros fondos, porque lo que es yo, hace tiempo que no puedo permitirme dar propinas. Pero lo que, a todas luces, no es sobrecarga, es que una furgoneta pueda cruzar toda la península en las condiciones que, claramente, refleja la fotografía. No me han enviado la foto, el aplastamiento de los neumáticos y la suspensión no es producto del Photoshop, no está en pleno apoyo, tomando una curva a gran velocidad. La foto la hice yo mismo, en el puerto de Almería, en plano y en parado. La furgoneta estaba a punto de embarcar hacia Nador (Marruecos), lo que hace suponer que había circulado cientos de kilómetros por carreteras españolas. Además, no era la única que estaba allí embarcando en las mismas condiciones. Por otra parte, ¿quién no ha visto estampas similares en nuestras carreteras y autopistas.

No me atrevo a asegurar que no le multaron, aunque me extrañaría, lo que sí es seguro es que le permitieron continuar su viaje. Cuando digo que me extrañaría es porque, por más que intenten disuadirme, yo sigo convencido del afán recaudatorio de las sanciones, y sigo sin tragar con el tema de la disuasión. ¿No será que los agentes de tráfico, cuando ven algo tan evidente como lo de la foto miran para otro lado, ante la imposibilidad de rascar una pasta? Nos brean a multazos, nos acoquinan con el carnet por puntos, nos hiper-controlan con los radares, insultan a nuestra inteligencia cuando, furiosos porque las cifras les quitan la razón, nos echan la culpa a los moteros… Pero, eso sí, hacen la vista gorda ante situaciones tan evidentes de peligro, pero de tan poca rentabilidad económica. Por otra parte, ya está bien de que por un excesivo mimo de lo políticamente correcto o incorrecto, nos tengamos que callar lo que todos pensamos. Con el absoluto convencimiento de que no hay nadie más alejado del racismo que yo, me atrevo a afirmar que si este conductor no hubiese sido magrebí, la primera patrulla de carretera que se lo hubiese cruzado, habría acabado con su recorrido al momento. Y que no me vengan con lo de discriminación positiva; la discriminación es injusta en sí misma. En las estadísticas figura el porcentaje de accidentes en los que han resultado muertos conductores o usuarios de motocicletas. Lo que no figura es cuántos de esos accidentes han sido provocados por otros vehículos (No hay duda de que en una colisión de una moto contra un coche, furgoneta-sobrecargada o no- o camión, siempre pierde el motorista). Supongo que si a la furgo de la foto -Dios no lo quiera- se le reventase un neumático y acabase subida encima de una CBR con dos chavales, el Sr. ministro estaría muy molesto porque esos moteros que van como locos le descuadran los números. ¡Muchas gracias, señores ministros! Sólo quería hacerles una apreciación: Somos ciudadanos, no súbditos. Y algunos, a pesar de estar borrachos de gasolina, todavía somos capaces de razonar.

La moto y los políticos

UN ELOGIO
Cuando era mi jefe en Antena 3 de Radio, el gran Antonio Herrero me enseñó que los periodistas tenemos que ser apolíticos para poder juzgar con frialdad a los gestores de la cosa pública. De hecho, y aunque todo el mundo lo vinculara a un partido, él ni siquiera votaba, pues desconfiaba de los políticos de manera casi nihilista, y yo tampoco lo hago ahora. Dicho esto, tengo que felicitar al alcalde de Madrid, Alberto Ruiz Gallardón. Después de tenernos cabreados durante varios años, sus obras han demostrado que servían para algo más que para que la posteridad lo coronase gran faraón de todas las zanjas: para permitirnos atravesar la ciudad de punta a punta en cuestión de minutos y así ahorrar cada día un pequeño pedazo de nuestras vidas. Yo vivo en el noreste de la gran ciudad y trabajo en el sureste, pero en el extrarradio. Tardo más de una hora y media en ir en transporte público (luego nos piden que lo utilicemos); aproximadamente una hora y veinte minutos en coche, aunque luego tengo que encontrar aparcamiento; en moto, veintidós minutos exactos. Creo que sobran las palabras. En la vuelta, sin tráfico, mi scooter y yo invertimos dieciocho minutos. Espectacular.

UNA DIATRIBA
Como ciudadano, estoy contento con este alcalde al que no he elegido (y os digo que no he votado a ninguno). Como motorista, estoy hasta el gorro de él, porque o es sordo o no quiere enterarse de cuál es la mejor, casi la última, solución para Madrid: librarnos de los coches. En la gran urbe no tenemos muchos guardarraíles, pero las otras trampas siguen ahí. Me refiero a las junturas del asfalto que te pueden tirar; a los agujeros del pavimento que te rompen las llantas y también pueden hacer que termines debajo de un coche; a los millones de metros cúbicos de pintura en los que he visto resbalar, e incluso caer, a algún peatón; y a los bolardos canallas que delimitan el carril bus, que son de plástico pero decididamente asesinos. Pero, sobre todo, estoy harto de las zanjas tapadas por planchas metálicas cubiertas a su vez de arenilla. Y también de esos anormales con camiones cisterna que circulan por ahí mojando la calzada para limpiarla. Repito: por increíble que parezca, ¡limpian las calles encharcándolas!, con grave riesgo de nuestras vidas. Seguro que alguno de vosotros se ha caído en los charcos.

UNA NUEVA TRAMPA
Pero hay más, hay alguna novedad. Uno de los túneles recién estrenados, el que arranca de la carretera de Extremadura y circula en dirección este, tiene una gotera en una curva a izquierdas de 360 grados que encontraréis si seguís la dirección de la carretera de Barcelona. La gotera ha creado un pequeño reguero que cruza la pista de lado a lado. Si no lo sabes y vas ligero, te caes. Si te caes, te pegas contra el bordillo y te comes el muro, porque estás en un túnel. Si te comes el muro, señor alcalde, te puedes matar. La gotera, señor alcalde, lleva ahí varios meses: desde que inauguraron el túnel. Ya sé, señor alcalde, que para los coches no es un peligro. Y que si vas más despacio tienes menos probabilidades de caerte. Pero no creo que el castigo por ir algo más deprisa (sólo algo) deba ser la pena de muerte.

UNA PROTESTA
La manifestación de hace unos meses en Madrid, en la que estuve, demuestra posiblemente que hay mucha gente concienciada con nuestra causa. Pero, ya en un ambiente menos festivo, habría que saber cuántos de esos motoristas estaríamos dispuestos a votar a un partido político que se mojara en defensa de la moto… por escrito y en su programa. Creo que a ese tren deberíamos subirnos todos. Como hacen todas las minorías para no ser devoradas.

El dificil arte de criticar… o no

Hay varios reproches que los que nos dedicamos a esto de escribir de motos estamos más o menos acostumbrados a escuchar asiduamente. El que más, sin duda, que somos tibios en las críticas de los modelos porque estamos al servicio de las marcas y su publicidad. Centenares de opiniones y comentarios en este sentido se pueden leer en los foros de internet. Sobre MotoViva y sobre cualquier otra revista de motos. Yo ya me he hartado de decir que hace 15 años que me dedico a esto y jamás he recibido ningún tipo de presión de una marca para que hable bien de sus motos. Ni tampoco amenaza ninguna con cerrar el grifo de la publicidad cuando no lo he hecho. Si las hubiera recibido lo diría sin problemas. Pero es que no ha sido así. A ver… las marcas de motos las dirigen profesionales serios que intentan hacer bien su trabajo. Como tales, aceptan y asumen las críticas argumentadas y razonables.

Esto es una industria, no un colegio del rollo“como hablas mal de mis motos no te ‘ajunto’ y no te doy mi dinero”. Afortunadamente las cosas son mucho más serias y no funcionan así. Por supuesto que cuando se producen esas críticas los responsables de comunicación llaman a las redacciones y piden explicaciones. Como cualquier profesional que se toma en serio su labor. Como haríamos cualquiera de nosotros con un mínimo de pundonor si alguien criticara desde los medios nuestro trabajo. Pero jamás se traspasan los límites de la profesionalidad. Las marcas y las revistas no somos rivales. Vamos en el mismo barco. Ellas nos necesitan para llegar hasta los usuarios y nosotros, por supuesto, les necesitamos para seguir adelante. Y esto, que es tan obvio, a veces parece olvidarse… Y después hay un ejercicio de responsabilidad personal. No me importa incluso reconocer que corporativista. No sería justo que una crítica desmesurada a un defecto menor que la marca puede resolver en semanas -por supuesto siempre que no implique falta de seguridad, que eso es sagrado- pudiera echar por tierra el trabajo y la inversión enorme, impresionante que es poner una moto nueva en la calle. Y después están los lectores. Soberanos, dueños y señores de nuestro trabajo final. Partamos de la base de que la moto tiene un maravilloso problema: apasiona hasta el tuétano. Nadie se enfada si lee en una revista que su freidora es un desastre respecto a la de la competencia. O que la nevera de la marca que tiene en su casa se ha quedado anticuada y ya no enfría tanto como la del vecino. Pero la moto… ¡ah, la moto! La moto es algo casi personal. Si un probador tiene la osadía de cuestionar alguna virtud de “nuestra” moto… ese probador se convierte inmediatamente en un botarate que no tiene ni puñetera idea de motos. Puede darse el caso -y de hecho pasa con mucha frecuencia- que ese mismo probador, meses después, ponga bien la moto que antes dejó mal. No hay ninguna mano negra de las marcas en esa aparente contradicción; simplemente los criterios de análisis son otros. Y ese mismo lector antes indignado, que consideraba al probador un idiota integral, ahora encuentra su opinión de lo más acertado. ¡No podía ser de otra manera hablando de “su” moto! Recuerdo intercambios dialécticos realmente intensos con lectores que se tomaban como una afrenta personal que tal o cual probador hubiera puesto mal su máquina. Por supuesto que el periodista puede no estar acertado en alguna apreciación pero no olvidemos tampoco que se mueve en un terreno muy resbaladizo: el de la subjetividad. Y esa subjetividad, que es mala compañera en cualquier tipo de periodismo, resulta inevitable en este al que nos dedicamos. Porque se trata de transmitir sensaciones. Y eso no se puede hacer con objetividad. Que un motor tiene 16 válvulas “es” un hecho objetivo. Que para un probador resulte más o menos divertido en una carretera de montaña sólo depende de su criterio, de su manera de conducir… e incluso de su estado de ánimo ese día. Como dijo no sé quién… “si yo fuera un objeto, sería objetivo. Pero como soy un sujeto, soy subjetivo”.

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