Ande yo caliente

Estaba parado tranquilamente en un semáforo cuando de repente llegó. Lo hizo precedido de un ruido ensordecedor que bien pudiera dar la impresión de un Boeing aterrizando en medio del Paseo de Gracia de Barcelona. Una situación con la que cobró un nuevo sentido en mi vida aquello del “mucho ruido y pocas nueces”.

El tipo de la moto de al lado tenía esa postura que hemos visto miles de veces en los grandes corredores a punto de tomar la salida en una carrera: miraba con insistencia el semáforo a la espera de dejar ir el embrague y ser el primero en llegar a la meta. El único fallo era la moto en sí: una 49 cc con el tubo recortado, creo que se dice, con el que el individuo en cuestión había conseguido una especie de tuneado acústico. La salida fue espectacular: esquivó un coche que se había quedado en medio de la vía y subió por Mayor de Gracia, cruzando la Diagonal atronando a todos aquellos con los que se iba cruzando. Me recordó un poco al “nen de Castefa” en versión lamentablemente real. Pero el tipo en cuestión no es -desgraciadamente- ninguna excepción: estamos totalmente acostumbrados a sufrir invasiones de este tipo. A mí me molestan fundamentalmente aquellos a los que les gusta especialmente que el resto no pierdan detalle de sus conversaciones telefónicas. No me diga que no le ha pasado nunca estar tranquilamente sentado en la barra del bar leyendo el periódico y que de repente a medio metro de su oreja, desfile la mitad de una conversación que ni le va ni le viene pero de la que resulta imposible escapar a no ser que sea usted el que se escape y se marche. Y es que vivimos en la sociedad del “ande yo caliente… que le den por saco a los demás”. Ahora que el calor aprieta y uno debe abrir la ventana de la habitación para poder dormir, el oído debe acostumbrarse a prescindir de la tele del vecino del quinto, a la bronca del matrimonio del cuarto, a la música del tercero, a la fi esta que se han montado los del segundo y al re- coger las sillas y las mesas de la terraza del bar de abajo. Y si además uno vive frente a una plaza, acabará de completar la banda sonora con los ladridos de todos los perros que justo a esa hora han sacado sus propietarios a pasear. Aquí un servidor, que acostumbra a levantarse cada mañana a una de esas horas que deberían estar prohibidas por ley, más de un día ha tenido la tentación de comprar una trompeta y ponerse a ensayar a las cinco de la mañana en el balcón de casa. Sería una venganza fantástica. Estoy convencido que todos aquellos que no tienen ningún inconveniente en molestar a los demás a la una de la madrugada pondrían el grito en el cielo ante las notas de mi inocente trompeta intentando interpretar el Old man river y llamarían a la guardia urbana e incluso me negarían el saludo cuando se me cruzasen por la calle al día siguiente. Tal vez si probase con un acordeón…

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