Hijo de Satán
Tu padre era un cebú”.
Se lo digo, mentalmente y con cariño, a un tipo con un todoterreno que se me echa encima en la autovía de Burgos, casi entrando a Madrid, sabiendo que estoy donde estoy, en mi carril legítimamente ocupado, e intentando que me eche a un lado.
También se lo indico con el idioma universal de los signos, que permite que automovilistas y motoristas nos entendamos en fraternal comunión de ideas: mostrándole meñique e índice enhiestos con anular, corazón y pulgar cerrados en un puño sin intenciones ofensivas.
Pienso si me habré pasado, pues barrunto que no es verdad. Seguro que su padre no fue un cebú: a lo mejor fue un ónyx, cuadrúpedo africano de cuernos más largos y prominentes que los del cebú. El hijo de Belcebú (ingenioso juego de palabras, ¿eh?) en cuestión, que repito que sabe perfectamente dónde estoy, continúa empujando hacia mi lado para que frene y me aparte. Salgo de la situación con la mayor dignidad posible. Me pregunto por qué la gente me avasalla cuando voy en moto, actuando como si mi carril estuviera vacío y echándome por las bravas, pero me respeta cuando voy en coche. Tengo un BMW de la Serie 3 de edad ya provecta y un scooter Peugeot Satellis 500 que va de maravilla. Y todos me tratan de diferente manera cuando voy sentado en uno o en el otro.
El mejor ejemplo es la gasolinera. En las estaciones de servicio que tienen “gasolinero”, éste me dispensa gran respeto cuando acudo a repostar con el automóvil y me trata indefectiblemente de usted (tengo cuarenta y dos años y, aunque no peino gran cosa, peino ya más canas que cabellos negros). Por cierto, y para los que tengáis edades parecidas: ¿a que es alucinante que la misma persona te trate alternativamente de tú y de usted en la misma conversación? Se te queda complejo de Doctor Jeckyll y piensas “¡Que se aclare, coño: una cosa u otra!”
La gente educada sabe que hay que hablar de usted a todo el que tiene más edad que ella, salvo que el interfecto pida lo contrario. Pero, volviendo a las gasolineras que tienen “gasolinero”, el sujeto se dirige a mí con desprecio. Ni siquiera me trata de tú sino de “oye, tú”. Me atiende el último, después de haber llenado de gasolina todos los depósitos de los autos presentes. Y eso que voy bien vestido.
A los mensajeros los deben de tratar a patadas.
A mí no tanto, porque llevo una cazadora de marca de quinientos euros, y aquí, tanto tienes, tanto vales. No se puede ser pobre. Con eso y con todo, ésta no es una estación de servicio de las que, directamente, muestran en cada poste un cartelito que advierte que, para las motos, el surtidor es de prepago. La Constitución del 78 debería determinar que no se puede discriminar a ningún ciudadano por razón de raza, sexo, orientación sexual, creencias o medio de locomoción.
El caso es que cuando voy a por carburante con el BMW, todo es respeto y atenciones. Y me llaman de usted. Como si fuera otra persona. Como si fuera una persona. Volviendo al caso del principio, he descubierto por qué en Madrid la gente no utiliza los intermitentes antes de arrollarte: para no dar pistas al enemigo.
Es mejor que nadie sepa hacia dónde va uno cuando uno pretende laminar a un motorista o, simplemente, cambiar al carril más lento como hago siempre yo con gran habilidad predictiva. Tenéis suerte los que vivís en Barcelona, porque el Foro no está preparado para las dos ruedas, incluso ahora que la Castellana muestra orgullosa un carril bus-moto…que no pueden pisar los taxis. Para quienes no lo crean, vaya un ejemplo: acaba de inaugurarse la remodelación del gran aparcamiento de la calle Barceló. Cuenta con la friolera de seiscientas once plazas de coches. Y para las motos, ¿cuántas? cinco. Lo repito con números, por si alguien todavía no puede creerlo: seiscientas once plazas para coches y, para las motos, cinco. Con dos narices.
Sumario n. 85